Institucional

Gerardo Sotelo

Presidente del Servicio de Comunicación Audiovisual Nacional
Director de Canal 5

Fabiana Conti

Directora de Radiodifusión Nacional del Uruguay

 

 

El periodismo y los negacionistas

El periodista Gabriel Pereyra acaba de publicar su última columna en el semanario Búsqueda bajo el título “Confesión de un periodista avergonzado”. Su contenido es interesante por tratarse de quienes se trata: un profesional y un semanario de larga y destacadísima trayectoria.

“Ejercí una censura despiadada en torno a información altamente delicada que involucra a toda la población”, sostiene Pereyra, con relación a los riesgos de las vacunas contra el Covid y al lugar que les dio, en su trabajo periodístico, a los voceros contrarios a la inoculación.

La confesión de Gabriel es entendible como un acto de autocrítica y valor personales, pero como nos ocupa la misma profesión y similares responsabilidades (ambos tenemos, en algún punto, que tomar decisiones deontológicas con respecto a la información que procesan nuestros medios), bien puede ser aprovechada para reflexionar sobre los valores en juego. Especialmente en nuestro caso, por cuanto debemos rendir cuenta por las decisiones que tomamos en un espacio mediático que pertenece a la comunidad y que se financia con su dinero.

“Supongamos que las afirmaciones de los antivacunas son falsas, ¿es mi tarea como periodista censurarlos?” se pregunta Gabriel. El arsenal axiológico del periodismo nos dice varias cosas al respecto.

Discernir qué hechos merecen consideración periodística, a quién se necesita dar voz para que los explique y cómo jerarquizarlos, lo que constituye el corazón de la actividad periodística, no puede ser entendido nunca como censura.

El menú de los medios (lo que queda en pie después de tal discernimiento) es apenas un grano de arena en el Sahara, en comparación con la enorme cantidad de cosas que hacemos los seres humanos un día cualquiera.

Pensemos en las preguntas que nos hacemos cada día en nuestras salas de prensa. Por ejemplo, con relación a los temas de la pandemia, incluyendo a sus negadores; o mejor aún, tomando a los negadores como parte de una presunta controversia de la que debemos hacernos cargo.

¿Es verdad que hay un virus y una pandemia o se trata de una invención, una campaña deliberada de los dueños del mundo para esclavizarnos? ¿Es algo parecido a una gripe o una patología con características singulares y preocupantes? ¿Se evita el contagio con las medidas restrictivas que sugieren y aplican las autoridades y con la inoculación de las vacunas disponibles o todo esto es parte del mismo plan siniestro de dominación global? ¿Es necesario vacunarse para protegerse y proteger a los demás o hacerlo supone exponerse a riesgos sanitarios innecesarios, además de a nuevas formas de vasallaje? ¿Es real o no que la inoculación provoca imantación, trastornos genéticos y otras patologías?

Como se ve, la decisión no tiene relación con el derecho de toda persona a que su voz pueda ser escuchada, lo que está fuera de toda duda. La decisión está referida, como en cualquier otro tema que nos ocupe, a determinar: 1) si los hechos son verídicos o falsos (o cuáles son verídicos y cuáles falsos); 2) en caso de que sean verídicos, qué relevancia tienen para la vida de las personas, y 3) en caso de que sean falsos, qué riesgo presenta para la comunidad que sean tomados como verídicos. El periodismo trata sobre lo verídico y lo relevante, y se practica como una disciplina de verificación.

Los periodistas no debemos ser ecuánimes entre lo falso y lo verdadero. Debemos consignar las contradicciones e incongruencias entre quienes sostienen puntos de vista razonables, constatables y responsables, pero no equiparar la verdad con la mentira, la incertidumbre con el caos y la crítica racional con el mesianismo irracional.

En todo caso, debemos volver cada tanto a la refutación de las mentiras (aquello que ahora llamamos, con afectación pasteurizadora, “fake”), a la advertencia sobre las consecuencias de las prácticas acientíficas (cuando estas sean significativas) y a echar una mirada, entre periodística y antropológica, a las conductas y las elucubraciones bizarras, sobre todo si con su validación se compromete la salud o la vida humanas.

Los periodistas no difundimos rumores ni mucho menos mentiras. Los rumores se investigan y si la conclusión arroja que se refieren a hechos falsos, menos aún los difundimos, salvo alguna situación excepcional y a los efectos de aclarar la verdad y evitar males mayores.

Fuera de la experiencia personal de Gabriel, cuya autocrítica lo honra, no parece que exista un tratamiento genérico de censura contra los antivacunas, ni mucho menos parece que las singularidades de las coberturas en torno a la pandemia de Covid-19, presenten dudas o novedades al respecto de las prácticas periodísticas.

En todo caso, la oportunidad es propicia para reafirmar el compromiso del periodismo con la búsqueda de la verdad y con el público. Es para ellos que relevamos hechos y cotejamos datos; no para quedar bien con las autoridades sanitarias ni con la academia. Tampoco para practicar la indulgencia con los lunáticos, cuyo aparente desinterés y su autoproclamado altruismo pueden esconder las motivaciones más mezquinas, los procedimientos más retorcidos y las peores consecuencias.

Gerardo Sotelo
Presidente del SeCAN
gsotelo@secan.com.uy